lunes, 10 de agosto de 2015

El lobo

Para fumar, tenía que salir de la pista de la gasolinera. Allí me encogía, de noche, bajo dos chopos, y encendía un cigarrillo. El turno de noche debía ser un suplicio para quienes no fumaban. A mi derecha, las tenues luces de las farolas de la ciudad brillaban para alumbrar a los monstruos. A mi izquierda, la pista de la gasolinera, y tras los surtidores y el lavadero de coches, descampados y una rotonda. La luz de la tienda 24 horas caía sobre los cadáveres de gasolina de algún país de Oriente Medio. Y yo fumaba en mi rincón, embutido en un mono demasiado estrecho y cubierto por una chaqueta demasiado grande llena de quemotes de cigarrillos de vete tú a saber quién. 

Tardé en darme cuenta. El Mercedes aparcado entre los chopos y el edificio del restaurante no estaba vacío. A unos tres metros de mí, un hombre hablaba por teléfono dentro del vehículo. Había aparcado de medio lado para poder caber en aquel espacio demasiado reducido para un coche tan grande, le vi sonreír con el teléfono pegado a la oreja. Le alumbraba la luz interior. Tenía algo más de cincuenta años. El pelo algo grasiento peinado hacia atrás, la nariz grande y los ojos pequeños, la cara roja de quien se afeita a diario concienzudamente. Llevaba traje y corbata y gesticulaba con vehemencia. De vez en cuando bajaba la mano libre y la veía desaparecer en algún lugar de su entrepierna. Cuando reía dejaba ver unos dientes lobunos de mucho reír, y cuando se ponía serio sus labios colgaban haciendo un mohín de desaprobación. A veces cerraba los ojos y movía la cabeza hacia atrás, casi mirando al techo, y volvía a bajar la mano libre que desaparecía bajo el volante. Resoplaba y hacía aspavientos.

En el turno de noche, de vez en cuando, los macarras intentan irse sin pagar, o robar un paquete de chicles en la tienda, o ligar con la cajera. De la oscuridad del descampado surgen los muertos vivientes, con los pantalones rotos, llenos de arena o heridas. En algún lugar entre el final de la ciudad y el comienzo del siguiente pueblo, alguien está inyectándose heroína, preparando una muerte segura con la lentitud de quien sabe que va a ocurrir pronto. Los monstruos de fin de semana son distintos: borrachos o fumados, o hasta el culo de todo, pero de heroína no, que eso es de yonquis. Estos son los peores de todos, pues vienen limpios y no tienen ganas de morir, y está todo al revés. La noche esconde secretos que no están en los garitos, están fuera, y el hombre del Mercedes formaba parte de ellos.

Su mirada de ojos pequeños pareció posarse en mí. Me encogí un poco más tras el árbol y escondí lo que quedaba del cigarrillo a mi espalda. La mirada seguía allí, atravesando la penumbra o tal vez descubriendo mi silueta recortada por las luces de la gasolinera. Tardé en descubrir que estaba vacía, que no miraba. Se le cayó el teléfono.  Sus ojos brillaron al borde de las lágrimas, y volvió a mover la cabeza hacia atrás poniendo los ojos en blanco. Los botones de la camisa parecía que iban a salir disparados, la corbata se descentró, y de repente se incorporó brutalmente hasta casi dar con la cabeza en el parabrisas. Me encogí un poco más a punto de volver a la pista, y entonces el monstruo se relajó. Bajó la mano a la entrepierna y agarró algo. 

Estaba tirando de la prodigiosa cabellera oscura de una mujer negra. Era una chica joven, tan joven que podría ser la hija del lobo si no fuera porque la gente decente no va por ahí acostándose con negras. Ella se incorporó en el asiento del copiloto. Me pareció que aguantaba la respiración. El lobo abrió la guantera del coche y sacó una caja de pañuelos de papel. Se los ofreció a la mujer, que se acercó un puñado de papeles a la cara y escupió en ellos toda una eternidad de apenas treinta años. El lobo metió la mano en el interior de la americana y sacó la cartera. Cogió despreocupadamente unos cuantos billetes que no pude distinguir y se los tiró a ella al pecho. 

La mujer salió del coche mientras el lobo la despedía con movimientos de las dos manos. En realidad intentaba quitársela de encima, como el que espanta odiosas palomas que le ensucian los asientos de cuero. Ella pasó a mi lado con la vista perdida en algún punto de la noche y el paso rápido. Se perdió en la oscuridad en dirección a la rotonda. En el coche, el lobo buscó el teléfono a tientas bajo el asiento. Lo encontró, se subió la bragueta y llamó a alguien. 

De vuelta a la tienda, un compañero me miró, riéndose. Comentó algo de la mujer negra, a la que había visto atravesando la pista de la gasolinera. Un buen rato después salí a la pista otra vez, y descubrí el puñado de papeles donde había escupido. Fui al vestuario y saqué una escoba y un recogedor. 

En algún lugar de la ciudad, el lobo dormía, al acecho.