jueves, 20 de agosto de 2015

Violencia

Se hartó de decirnos que trabajaba con gitanos y que no muerden. Casi todas sus intervenciones en el debate empezaban por algo así. Como el que tiene un amigo gay o una amiga negra, su visión del mundo era indiscutible pues para eso había estudiado y trabajaba con gitanos.

Nos habíamos juntado unos cuantos izquierdistas de diverso pelaje en la Casa de la Juventud para ver un documental sobre neonazis. Un skinhead de Alabama llamado Bill Riccio enseñaba a las cámaras lo nobles que eran sus acólitos, el sentimiento de hermandad y justicia, el orgullo borracho y el racismo propio de un gilipollas como él. Después de la película, los que quisiéramos podíamos quedarnos a debatir sobre el nazismo y el racismo que veíamos diariamente a nuestro alrededor.

La película terminó, y toda la juventud de izquierdas más activista que jamás vio la ciudad, salió corriendo de allí. Nos quedamos unos diez o doce, sentaditos en círculo en la sala, presididos por la pantalla donde se había proyectado el documental del pedazo de mierda de Alabama. La mujer que parecía haber organizado el evento comenzó a hablar. ¿Sabéis que trabajaba con gitanos? No muerden.

Yo era muy joven. Me sorprendió que prácticamente no me dejaran hablar. Al final, sólo quedamos siete personas. Todas ellas con algo importante que decir. Se escuchaban fuera los gritos de niños jugando en el parque, perros ladrando y coches frenando. Todo el runrún de la ciudad golpeando las ventanas empezó a adquirir el mismo significado que las palabras de los que no paraban de hablar dentro del edificio de una única planta de la Casa de la Juventud. El sonido se mezclaba en mi cabeza como una melodía extraña: los había hablando de Maquiavelo, o hablando de Rudolf Hess, o de los gitanos con los que trabajaba aquella mujer, y un camión pitaba fuera. Toda aquella batidora de voces y sonidos de la calle, aquel cóctel, me era absolutamente ajeno. Fue la primera vez que me di cuenta.

En realidad allí todo el mundo había ido a escucharse a sí mismo. A presentarse como estupendas personas preocupadas por los problemas sociales de la ciudad, pero estableciendo una distancia entre ellos y "nosotros". Esa distancia estaba implícita en "yo trabajo con gitanos".

El hecho era que precisamente yo era el único que vivía con gitanos. Y sabía perfectamente que a los gitanos y gitanas del barrio les sudaba la entrepierna Maquiavelo cosa mala y podría haber explicado muchas cosas sobre un barrio como el mío. Para la organizadora del evento, una mujer rubia de pelo corto de poco más de treinta años, los gitanos no eran muy distintos de las tribus perdidas del Amazonas. Una cultura milenaria a la que respetar con sus ritos y costumbres, y a la que las comodidades del Primer Mundo les son prescindibles, pues para eso los propios habitantes del Primer Mundo lo han decidido así y mientras tanto sus niños juegan entre montañas de basura.

No supe identificar el sentimiento que me estaba quedando dentro cada vez que intentaba hacerme escuchar. En seguida venía uno o una a recordar que estudiaba esto o había estudiado lo otro o que trabajaba con gitanos o que una vez vio a un yonqui. El tema que habíamos venido a debatir ya no existía, pero es que en realidad ya no existía ningún tema, sólo las entrepiernas de los allí presentes. El sentimiento que tuve yo, un chaval con una chupa de cuero robada a su hermano mayor y con las zapatillas rotas, machacando los dos cigarrillos que le quedaban en el bolsillo del pantalón, era de profundo asco. No me siento muy orgulloso de ello.

Abandoné la estancia y salí a fumar. Entre calada y calada valoré la posibilidad de largarme sin despedirme. Me asomé a la ventana y les vi allí muy concentrados en sí mismos, en hablar bien, en presentarse constantemente. Terminé el cigarrillo y me fui.

Al volver al barrio, algunos gitanos con los que había ido al colegio, me saludaron con un leve movimiento de cabeza. Quizá, pensé, el debate seguía en la Casa de la Juventud. Años después, unos skinheads me dieron una paliza con porras telescópicas y otros bonitos abalorios. Uno de ellos me rajó la camisa con un cuchillo de montaña. Salvé el culo porque un currela amigo mío vio el panorama mientras iba con su coche e intentó atropellar a los nazis. Se montó la de dios. La paliza me la dieron justo frente al edificio de la Casa de la Juventud, a escasos metros de la estancia donde vimos el documental y donde aquella mujer dijo trabajar con gitanos. Esa noche, dolorido y humillado, volví al barrio desde la comisaría, y las cosas seguían exactamente igual. Quizá aquella mujer ya no trabajaba allí. Sentí asco por todo.