martes, 25 de agosto de 2015

Aprende a leer

Aunque ya no me escondo como cuando era crío, está ahí, acechando. Por mucho que te cubras o busques refugio, al principio siempre está, no hay capa ni escondite en el que puedas ocultarla y no puedes dejártela en casa o enterrarla en el jardín. Siempre va contigo, aunque a veces no lo parezca, y está dispuesta a salir en el momento menos indicado. Sale cuando alguien te pregunta por una calle, y contestas entrecortadamente que no tienes ni puñetera idea de donde está, y deseas que se largue y te deje en paz, aunque cuando lo hace piensas que igual has sido grosero con esa persona.

De niño, mi madre veía en eso un problema tremendo, y ciertamente lo era. Un profesor de Ciencias Sociales que tenía la costumbre de sacar cada día a un alumno a leer de pie ante todos me gritó un día:

- Jorge Matías, lee más alto, joder.

Lo hice, y se estableció un silencio atronador en el aula mientras leía. Cuando terminé, el profesor se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Me hubiera gustado ser una tortuga y esconderme en mi caparazón, o tener el poder de hacerme invisible, o que un  psicópata con un hacha y una máscara de hockey entrara allí a grito pelado y se liara a decapitar a todo el mundo. El profesor tomó aire, y me dio una palmadita en el hombro, y luego una segunda y luego una tercera, y era como si me estuvieran clavando en el suelo, dios mío, podría haber aparecido en clase de los niños de 1º de EGB, o podría haberme cagado allí mismo y el profesor habría quitado la mano tal vez, y se habría apartado, pero yo seguiría allí con un buen boñigo pegado en las nalgas y deseando morir de inmediato, ahogado en mi propia mierda. El profesor volvió a tomar aire, se empujó la montura de las gafas, y con aquella voz estridente que parecía escupir por una boca del tamaño de un buzón de correos, dijo:

- Jorge Matías... te estás poniendo muy gordo.

Risas generalizadas. Mi futuro a la mierda. Moriría virgen, y no me aceptarían en ningún convento por la militancia comunista de mi padre. ¿Podían salir las cosas peor? Me vi a mí mismo más gordo de lo que en realidad estaba. A punto de hacer estallar el jersey de lana tejido por mi madre, casi sin poder aguantarme los pedos, sudoroso y asfixiado, rodeado de dedos acusadores y miradas de reprobación. El profesor volvió a empujarse las gafas y dijo:


- Si sigues leyendo así, llegarás lejos - y miró inquisitorialmente a mis compañeros de clase - así es como se lee, es perfecto, y más os valdría leer como lee Jorge en alto.

Aquel torbellino de emociones aterradoras de espaldas a la pizarra no pudo ser borrado por la segunda intervención del profesor. No no no, de eso nada. Por la tarde, en casa, me pregunté si tal vez el orden de las intervenciones no habría dado un resultado distinto entre mis compañeros, pero daba igual: no había vuelta atrás, y en cualquier caso, tal vez sí que estaba poniéndome demasiado gordo. 

En clase, cuando tomé asiento, las miradas de mis compañeros me quemaron la piel. Muchos sonreían burlonamente, otros únicamente miraban con el ceño fruncido, los menos andaban a su aire, como los gloriosos futuros delincuentes juveniles a los que todo se la traía al pairo y a quienes los profesores hacía tiempo habían decidido abandonar a su suerte. Pero qué gordo te estás poniendo, Jorge Matías.

Cuando el profesor dio por terminada la clase y salió del aula, qué risa, qué gordo. Cierto es que la intensidad de las risas duró poco tiempo, y no menos cierto es que mi cerebro preadolescente quizá estaba magnificando el asunto. Había nuevas estupideces de las que estar pendiente. Pero posteriormente, de forma esporádica, gordo gordo gordo.

¿Y el tipo del hacha y la máscara de hockey, dónde coño estaba que no hizo su aparición triunfal para llenar los periódicos?

                                  AULAS DE SANGRE EN UN COLEGIO PÚBLICO.

Dirían los diarios, pero qué satisfacción, amigo.

Me habría salvado la vida. Bueno, la vida no, probablemente habría muerto al no poder correr tanto como mis compañeros por ser gordo. El jersey me iba a estallar, como al increíble Hulk, un pequeño Bud Spencer saltándose su etapa de atleta. Valiente pedazo de mierda de profesor. En realidad no era un mal tipo, sólo un poco gilipollas, pero era como esas tías de pueblo que te ven de un año para otro y antes de decirte hola:

- Vaya, pero qué gordo te has puesto.

Lejos de contribuir de alguna manera a mi futuro como conferenciante de autoayuda en el TED, aquello me hizo agachar la cabeza y profundizar en mi timidez. Vale, ya estaba allí, forma parte de mí aún hoy, me hace temblar a veces - en momentos en los que, me cago en la leche, no debería hacerlo - y me hace parecer terriblemente torpe en no pocas ocasiones.
¿Y qué? Aprended a leer bien, que parece mentira.