domingo, 30 de agosto de 2015

Chonis

La vulgaridad no es una choni gritando en un  barrio marginal. Infinitamente más vulgar es envolverse en un superficial y absolutamente vacío envoltorio posmo. Las personas que optan por lo segundo creen estar por encima de esa vulgar choni, y jamás hablaría de ellas utilizando esa palabra, lo que le lleva a mirar a los habitantes de un barrio marginal exactamente del mismo modo en el que miraría a una tribu perdida del Amazonas. Admira su coraje y su lucha por sobrevivir, pero hay que ser ordenado en esta vida: jamás permitas una intromisión en el barrio marginal. Deja a esos buenos salvajes a su rollo,  no te apropies de su voz. Es una bonita forma de pedir que no mires al otro lado de Disneylandia, y al mismo tiempo presentarte como un puro ser de luz, casi como un sacerdote, dejando que las cosas sigan su curso y que los habitantes del barrio marginal dejen de serlo colectivamente sin ayuda de nadie. 

Esto es muy parecido a pedir que te olvides de ellos. Como en realidad no son habitantes de tierras ignotas, como lo cierto es que viven y trabajan o están en el paro justo a tu lado, necesitas justificarte. Tampoco es una novedad: en prácticamente todos los barrios marginales de España el olvido dura ya más de treinta años, salvo para ilustrar espantosos programas de televisión sensacionalistas de presunto periodismo para que los autoproclamados ciudadanos de clase media se sientan mejor con su mediocridad.

Los términos. Lo realmente terrible de todo esto es llamar choni a una mujer. Decirle a una persona que no se autodenomine así, que está feo. No vayas por ahí diciendo que eres lo que eres. Y mucho menos digas que serlo no te quita derechos, ni te quita compartir las mismas ilusiones que el resto de los estúpidos mortales del planeta. Sólo te diferencia el morro fino para las drogas y el gusto sofisticado por banalidades musicales de sofisticada mediocridad. Unas gafas de pasta y un poco más de sueldo. La diferencia entre un 15M y los disturbios de Londres. Tú no eres de esos.

Mientras, hay que revisarse los privilegios en las olimpiadas de la opresión. Todo lo que sea necesario para parecer que haces algo y no hacer absolutamente nada. Pero orden, ante todo. Que no crucen la frontera y te restrieguen su vulgaridad y malas costumbres. Al fin y al cabo, ellas y ellos no se revisan sus privis. Que lo importante es cómo llamamos a las cosas. Lo demás viene solo.