miércoles, 2 de septiembre de 2015

Viejos

Era un viejo grandón con la nariz y las mejillas rojas. Sus ojos claros arrojaban miradas mortecinas empapadas en lágrimas involuntarias que se limpiaba de vez en cuando con un pañuelo de tela arrugado. Miraba a las chicas jóvenes y a los chicos en la edad del pavo tonteando en la plaza, quizá añorando esa edad en la que nos volvemos gilipollas.  Arrancaba el pañuelo del  bolsillo del pantalón con bastante dificultad, pues estaba en una silla de ruedas, y tenía escasa movilidad de cintura para abajo. Las manos temblonas subían tirando de la tela que salía poco a poco del pantalón gris, y acercaba una punta del pañuelo y se recogía las lágrimas con cuidado. Volvía a meter el pañuelo en el bolsillo aunque apenas un minuto después tuviera que repetir la operación.

Se alojaban en su rostro las vidas que había visto desaparecer, y le supuraba la muerte por los poros. Allí languidecía las tardes de verano, en el soportal, pues en la plaza podrían freírsele los sesos, aunque no es seguro que eso tenga algún inconveniente cuando te está rondando el pasado y tu vida se ha vaciado desde que no te puedes mover y todo son recuerdos y el presente ya no existe más que como una molestia.

Su hija le bajaba todas las tardes ayudada por algún vecino. En el barrio no había ascensores en aquel entonces, y aún hoy son pocos los que se han construído a pesar de que el gobierno autonómico hizo todo lo que pudo para no pagar la subvención que prometió para ello. Vivir en un tercero sin ascensor es terrible para esto. 

Ya sabes cómo funciona. No solemos pararnos a pensar en ello, pero lo cierto es que si logras ser viejo, algún día dejarás de aguantarte los pedos y tus hijos te llevarán a una residencia o a sus casas, aunque no tengan ascensor y aunque tengan que bajarte de la silla, llevarte a cuestas hasta un sillón, y plegar la silla para poderla meter en casa, pues cuando se construyó tu piso nadie pensaba que algún día llegarías a viejo con esa mierda de vida que has llevado y en la actualidad no tienes el dinero suficiente para ampliar todas las puertas de casa. Eso si tienes hijos, que de no tenerlos es mejor que arrojen tu cuerpo lleno de recuerdos, de dolores y alegrías, al primer barranco que vean.  Así, te llevan a casa y bajas a la calle mientras puedes, y luego te bajan, y luego te da un parraque, todo desaparece contigo y los gusanos se comen tus recuerdos. 

El viejo del pañuelo un buen día dejó que la muerte que le supuraba por los poros le abrazara y le envolviera y le secara las lágrimas. Su hija no estaba en casa, a saber donde estaría currando, y cuando volvió se encontró huesos y pellejo en el sillón. Nadie le echó de menos allí abajo, en el soportal. 

Las circunstancias de la vida me llevaron a pasar parte del verano en un piso del Barrio de Salamanca no hace mucho. Por las mañanas cogía un libro y me iba a pasear al Retiro. Algunos viejos me miraban raro al salir del portal, no había muchos tíos con mis pintas viviendo en aquel bloque. Los señores como yo adornamos las tascas y robamos carteras. Algunos viejos en silla de ruedas paseaban por las mañanas empujados por un empleado o empleada generalmente sudamericanos. Parloteaban alegremente con sus cuidadores. Otros sentían un evidente desprecio por ellos. Se respiraba la misma calma previa a la muerte que en el viejo del pañuelo, pero en el Retiro los viejos podían dejarse ahogar en sus recuerdos mientras aguardaban. Si lloras, te limpian las lágrimas. 

Arrojadme a un barranco cuando llegue el día, por favor.