jueves, 10 de septiembre de 2015

Ya te llamaremos

El tío que me entrevistó era un hombre de mediana edad que fumaba Ducados sin parar. Aplastaba los cigarrillos en el cenicero con el logo de la Gran Empresa, una cadena de hamburgueserías conocida mundialmente. Hacía un mes había entregado una solicitud de empleo allí, y me llamaron. A través de unas gafas redondas y bajo unas cejas superpobladas, la mirada escrutadora de aquel hombre se me clavó en el cerebro desde el otro lado de la mesa.

- Mmmm - dijo, y volvió a mirar la solicitud. Dio una calada intensa al cigarrillo y soltó el humo por la nariz. 

Aplastó el cigarrillo y sacó otro que no encendió. Mientras le daba vueltas en la mano derecha, desgranó las condiciones laborales. Según iba hablando, me imaginé vestido con el uniforme de la empresa sudando como un cochino rodeado de freidoras enormes y grasientas. Las condiciones laborales eran insultantes y no demasiado legales. El sueldo, menos de 30000 pesetas. Ahí estaba el fruto del progreso. Del suyo, concretamente. 

- Aquí dice que vives en el Polígono... - dijo.

- Sí, vivo allí.

- ¿Y eso?

No entendí muy bien lo que quería decir. ¿Y eso qué? 

- Esa zona es un poco... - siguió.

- Sí, es un poco. 

Encendió el cigarrillo. Hizo los mismos malabares con él en la mano, y de repente, el local, lleno de carteles de la última película de dibujos animados estrenada en los cines, me pareció un lugar terriblemente hostil. Un sitio gris donde la gente va a hacer sudar a los desdichados. 

- Verás, no solemos contratar a personas de por allí. No digo que no vayas a trabajar con nosotros, pero nuestra política...

El tío no estaba seguro de si vivía donde el creía que vivía por la dirección, por eso preguntó. Y yo fui tan estúpido que se lo confirmé. Quién sabe lo que podría haber llegado a hacer de haber sido contratado allí un chaval de dieciocho años como yo. Ir con el revólver a trabajar, o matar a mis compañeros metiéndoles la cabeza en la freidora. O robar dinero de la caja para comprar porros en el barrio. O robar a algún cliente. O vender heroína a los niños. 30000 pesetas de mierda para mí eran un mundo. Es más, no había visto tanto dinero junto en efectivo en mi cartera nunca. Casi podía escuchar monedas cayendo de mi bolsillo, hasta 30000 pesetas huyendo de mí. Treinta talegos que minutos antes soñé gastarme en una chupa de cuero.

- Pero bueno, vete a casa e igual te llamamos. Tendré que consultar.

Igual te llamamos si todos los solicitantes de empleo han fallecido repentinamente por un virus desconocido. Tal vez te llamemos cuando chavales de clase obrera como tú, pero que no viven en un barrio marginal, decidan amotinarse en la cocina y secuestrar al encargado. Tal vez te llamemos si queremos carne de cerdo en lugar de carne de vaca, y las alegres familias que traen a sus niños podrán degustar tus jugosas carnes a la parrilla entre dos trozos de pan. Con patatas fritas y refresco a elegir. Vamos, que no te llamaremos.

El odioso encargado me acompañó a la puerta del establecimiento. Antes de despedirme con su mano fofa y sudada, me dio una palmadita en la espalda. Sentí unas ganas horribles de hacerle sentir de lo que es capaz un poligonero y romperle esa fofa y sudorosa mano y hacerle comer sus apestosos cigarrillos. Vives donde vives, eres lo que queremos que seas. Cuando ven que quizá no eres lo que suponen que eres, es casi peor: te ven como alguien digno de admiración y de pena al mismo tiempo. Tú no eres como esos. No eres un cani o un lolailo o una choni. Deberías estar orgulloso. Nadie se para a pensar que ellos fui yo. Soy yo. 

Volví a casa cabizbajo rumiando la entrevista. En aquel entonces no fui consciente de la discriminación clasista que había sufrido, sólo pensaba en la chupa de cuero. Algunos dicen que si vives en un barrio así, puedes ser como los demás, como los que viven fuera.

No. No puedes. No te dejan. Y da igual que te largues de allí, llevarás eso sobre los hombros, arrastrarás la mierda en la memoria como un elefante.